11 agosto 2009

Los símbolos estimulan la pobreza del pensamiento

Por Alejandro Rozitchner. Filósofo.
Diario La Nación

Me embola la constante presencia de los símbolos en la vida mental del país. O del mundo. Me molesta que se les de tanto valor, cuando son representaciones bastante primitivas, limitadas, de cosas en realidad siempre más complejas y ambivalentes. En el símbolo se congela la realidad, el símbolo es el lugar común idolatrado como trascendente. Tiene algo de la mentalidad religiosa, la pasión por los símbolos, el establecimiento de una relación con el mundo completamente mediada por estas figuras de todo y nada.

Sí, es cierto, existen y cumplen su función. No es sencillo aglutinar personas, armar ese conjunto que también se valora tanto (concepto símbolo): el pueblo, la masa. Todos amasados en un amasijo. El enchastre generalizado, uno que somos todos apretados en donde no hay lugar ni aire, en donde ni respirar se puede. Un amuchamiento en el que nadie es nadie pero al que se refiere como principio orientador en cuestiones políticas. No es imprescindible, también podríamos pensar en una política de personas, en vez de una política de pueblo, y seguramente por ese camino lograríamos más en el camino de des empobrecernos. Si superáramos el automatismo de referirnos simbólicamente a la comunidad a través del símbolo ‘pueblo’ tal vez liberaríamos fuerzas necesarias, individuos más volcados a apreciar su capacidad y sus deseos ocuparían la escena que hoy ocupan fuerzas tradicionales.

¿En qué ámbitos, en qué temas, en qué contextos, son necesarios los símbolos? ¿Dónde se los usa? Por ejemplo, en relación con la idea de país. Se dice ‘patria’ y aparece la bandera, la escarapela, el himno, el escudo. Mate, boleadora, tango. Galletita de agua. No, la galletita de agua no es un símbolo. Pero puede serlo. Para una mentalidad que adora los símbolos cada cosa puede ser trascendida para una significación general y grandilocuente. La galletita de agua es el símbolo de las pequeñas cosas, de la vida cotidiana sin pretensiones, tranquila. También aparece esta tendencia al símbolo en la paloma (símbolo de pureza e inocencia, para un pensamiento cortito y simplón), en la cruz y el crucificado (símbolos de una tristeza que se presenta como logro moral), en las personas mitologizables (individuos que dejan de serlo para tergiversarse en una figuración siempre excesiva), los ideales (símbolos de grandes intenciones que vehiculizan grandes incapacidades y un básico desamor por la realidad), las luchas (símbolo de la resistencia)...

¿Qué hacen los símbolos? Representan. Es un camino de ahorro, mucho se congela en poco, en algo. Un rasgo tiene el poder evocador para ayudarnos a concebir una entidad más grande. Pero, ¿para qué? Puede ser una operación de síntesis, económica, en términos de sentido. El problema es que detrás de esa utilidad se encuentra el empobrecimiento de las ideas y las realidades, y al comprar la utilidad de un concepto de referencia terminamos también adoptando una cortedad mental asociada que embarra al pensamiento y sus posibilidades generativas.

Es posible que en momentos particulares esta operación de condensación que los símbolos permiten sea necesaria y eficaz. Que el símbolo entonces sea un modo de decir donde no se puede decir. Además, la condensación no es sólo semántica, el símbolo es también el objeto de una emoción cristalizada. Un símbolo puede ayudar a sintonizar emociones que deben ligarse en un trabajo común. Pero también es posible que la nuestra no sea una época para hacer símbolos. Para el pensamiento los símbolos han terminado por ser una burocracia, referencias que encauzan toda posibilidad de creación en recorridos convencionales.

Creo que la tendencia al símbolo puede ser tomada como un amor por la simplificación excesiva. Los símbolos hacen tratables de manera sencilla cosas que en realidad tendrían que abrirse en complejidades necesarias. No siempre aglutinar es una buena idea: como ejemplo vale el caso del mencionado concepto pueblo, una idea siempre ‘fascista’ aun en manos ‘revolucionarias’ (sí, la revolución es siempre una idea fascista, aunque verlo requiera apartarse un poco de los hábitos instalados del pensamiento y volver a mirar la realidad).

En la Argentina no estamos para símbolos, hoy en día. Estamos más bien necesitados de una nueva inteligencia, que pueda superar esos clásicos de la repetición y abrir los conceptos para deformarlos, trabajarlos, recrearlos, volverlos plásticos y transformarlos en otra cosa.

Moraleja (es un pedido, una sugerencia, una tarea): cada vez que aparezca la tendencia al símbolo, detenerse, mirar de nuevo, tratar de manejar la idea o la situación que se tiene entre manos con una actitud nueva. Porque el símbolo es, básicamente, realidad congelada, habitual, muerta. Y lo que necesitamos es dejar que la vitalidad -sí caótica, problemática, difícil, incierta, pero también interesante, fértil, inevitable- reemplace los espacios muertos. Nuestro pensamiento está muy contento con sus viejos hábitos de crítica y escepticismo, máscaras meritorias de la depresión. Pero nosotros, a quienes el pensamiento debe servir, tenemos otras necesidades.

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